domingo, 3 de febrero de 2008

Alatara

Tenía los ojos cerrados, el corazón hirviendo, palpitando. Tenía los ojos cerrados, puertas con cerrojos echados; los ojos que yo vi siempre hermosos, cerrados, sin una luz, sólo llenos de sombra, de polvo y viento; las esperanzas acumuladas junto al vacío, ahí donde la soledad se regresa de sus infelices viajes al interior del silencio.

Los ojos cerrados, las manos sobre el vientre sangriento, lleno de negrura y aliento apagado, de dolor que ya pasó, de voces que nunca pudo escuchar. Por entre los dedos la vida se le escurrió y ningún hombre escuchó sus gritos delirantes. La blancura de la cama se lleno de vida incontenida, de muerte; su voz se confundió cientos de veces con los gritos lastimeros de la cascada seca y los aullidos de la muerte que el perro cantaba sin cesar.

Se había mordido los labios para contener el dolor y la vida que llevaba dentro. El viento cubría de polvo las ventanas, el espejo, la única vanidad de la casa, el sartén con restos de comida, las cenizas frías, grises, que el olvido desdibujaba de la hornilla. La puerta se azotaba, sin freno, al impulso sin final del viento. Tenía los dientes marcados en los labios. El sudor se había secado y mojado de sudor incontables veces. No había caído en el refugio de la inconciencia, las puertas de la piedad son infranqueables al borde de la muerte. Las lágrimas no la dejan ver, y el dolor es negro; la fiebre la hace tititar.

La sangre de un rey no mancha, ni la de un alcalde, ni la del hijo del alcalde; pero los bastardos siguen siendo bastardos.

Pero cómo era bonita la Alatara, con su falda recrujiente de almidón y los ojotes negros que nomás de verlos le ardía a uno el pecho. Los domingos, después de misa, se paseaba sola por la plaza contoneando la cadera, luciendo los colores de su bandera de amor, como diciendo ven, que aquí hay de dónde cogerse.

Condenada muchacha. Uno es hombre, sabe, y pos… no es que quiera presumir, pero teniendo bien puestos los pantalones no hay vieja que no lo quiera montar a uno.

Pues… mire…. Lo de la niña esta fue muy notorio. Desde el principio, desde que empezaron a alborotársele las ganas, nomás tuvo ojitos para Poncianito, que es rebuen muchacho, como que es hijo de mi comadre Lupe.

Y luego el cura.

Si ya decía yo, esa muchacha va a echar a perder a alguien, no debe meterse con los de dinero, son traicioneros.

Mire, si m’ijo tuvo sus queveres con la Alatara esa, es muy su problema; el ya está grande y decide sobre su vida, no yo.

¿Y el niño?

Ella vino a encargarlo con las hermanas Puente, las de la esquina, pero ya no regresó.

Un domingo venía, con su carita demacrada, la inocente, a que el cura le bautizara a la criatura pero doña Lupe, la mamá del niño Ponciano, le impidió la entrada a la iglesia, y luego vinieron los guaruras del alcalde, quesque a proteger la dignidad y decencia de la casa de dios. El cura…

El cura baila al son que yo le toque, y si digo que esto es una indecencia entonces es una indecencia, no puede andar esa chamaca diciendo que la criatura es de mi Ponciano, porque él sí que es decente. Además, ¿qué va a andar haciendo con criaditas como esa, teniendo su novia de Jupilco, la hija de mi compadre Juan?

Esas son desgraciadeces, del alcande, del cura y de la Lupe, que ahora resulta que se quiere dar golpes de pecho. ¿No era ella la que andaba promoviendo el uso de la minifalda? Y ¿no se casó ella cargada ya del Ponciano? Pero como su familia sí tenía dinero

No, no, no, no, no joven, no crea que es por el dinero. Pero si yo supiera que mi Poncianito anda en tratos con una muchacha del pueblo, tendría que obtener cierta información sobre ella, sus costumbres, si es una muchacha decente. Usted sabe, en los pueblos chicos las habladurías son grandes.

¿Médico? Útale, no señor, aquí a lo más que llegamos es a una partera. Un día salió la Alatara de su casa con la criatura en brazos y el vestido lleno de sangre. Mi Jacinta le ayudó, para que no se cayera, y desde ese día no nos venden nada en la tienda y vamos a San Martín de las flores a comprar los frijoles, la tela y la cecina…

¿Que si la quería? ¡ay muchacho, qué cosas preguntas!

Las hermanas Puente ya fallecieron, dejaron al niño con don Cosme, el de la tienda, pero esa ya hace como quince años.

A la semana siguiente encontraron el cuerpo. Tenía una rajada detras de la cabeza, en el cuello, que le atravesaba hasta la garganta. El asesino huyó…

Sí, don Ponciano llegó con mucha sed, dame un tequila, pero rápido; me dijo que había andado montado en el penco todo el día, que venía de ver a su compadre, en Jupilco, de arreglar los detalles de la boda del Poncianito.

Padre, vengo a confesarme, dime hija, me acuso de lujuria y… ¡pero cómo!, ay padre, creo que estoy embarazada, ¿y de quién es la criatura?… de Poncianito, ¿él ya lo sabe?, no padre, entonces déjame arreglar las cosas por mi cuenta…. No me digas que la muy perra te dijo que m’ijo es el padre de la criatura, así es, orita mismo la mato, pa’ que no ande de habladora, mejor manda al Poncianito a la capital, para que estudie agronomía, ya ves cuánto le gusta el campo, ¿y la chamaca?, que se las arregle sola, lo más seguro es que se vaya del pueblo…

Pero se quedó, arestregarnos a todos a su hijo, su amor, su orgullo de haber sido amada por el niño rico del pueblo hasta que un día desapareció.

Don Ponciano se quedó solo, doña Lupe falleció después de las pascuas, Poncianito se quedó a vivir en la capital, ahora vive de escritor, dicen que se casó.

El patrón quiso, después, adoptar al chamaco, pero como aquí no hay orfanatorio, se lo llevaron a la capital y ahí, luego luego, le encontraron padres.

¿Oye hijo, y por qué no te quedas a vivir en este pueblo?

¡Válgame dios, don Ponciano! Si le digo que yo soy el hijo de Alatara y Ponciano, que ellos viven en la capital y yo con ellos, y que ya tengo dos hermanos y que todos vivimos felices no me lo va a creer. Así que mejor le digo que si así piensan del amor en este pueblo, no me quiero quedar a ver qué es lo que piensan de los pecados de a deveras.

Tras la muerte de don Ponciano, todos se fueron yendo, a San Martín, a Juplico, a Las Vírgenes; después llegaron los ingenieros y, sobre el mismo pueblo, constuyeron la presa, que se llama Alatara, como la muchacha aquella.

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