sábado, 13 de octubre de 2018

Andar andando

Andar andando, con los pies cansados, la mirada perdida entre el polvo del aquí y el brillo de las estrellas del allá. Dejar surcadas las arenas del tiempo, los caminos escabrosos y los pedregales de los corazones ajenos. Improntar esas miradas de niños con que los otros me miran, ser la sorpresa viva de la existencia, ser la promesa de amor, ser el latido vigoroso de la vida buscando su camino en otra piel, en otra mirada, en otro corazón, en otro respirar.

Andar, como si el camino no pesara, por días y noches, no tener dónde descansar la cabeza, que el derredor sea la misma maraña que cobijas en la mente: un retazo de canción por un lado, un poema, una queja, un escrito formal, una petición, el reglamento de convivencia con el otro, la sorna y el sarcasmo ácido, la dulzura de la caricia obsequiada generosamente.

Andar el mundo, verlo rodar, sin tristeza, sin alegría, sin apego, sin desprecio. Verlo rodar, así como suena, sin ocasionar disturbio ni levantar olas, sin desentonar con el entorno, sin resaltar la perfección de lo perfecto ni los maravillosos defectos de los otros, que son reflejo de mis defectos.

De repente, como si todo el mundo hubiera abierto sus compuertas, todos los ríos corren hacia mi mar, como sangre huyendo a través de una herida repentina: el mar de mi corazón metafórico se llena y comienza a cubrir las montañas de mis creencias, de mis certezas, de mis dudas, de mi fe... y ni ciencia no alcanza a entender nada, la única ciencia sigue siendo el tam-tam del latido. Palpito, pienso, existo, me transformo, muero por que vivo.

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