La vida es un estadio de la realidad en el que nos movemos sin conciencia de su magnitud y riqueza, dando por sentado que es nuestra y que es para vivirla como mejor nos plazca. La lucha contra el propio egoísmo, el dejarnos llevar por emociones y sentimientos se convierte en una titánica proeza cuando, finalmente, nos encontramos que estamos más allá de nosotros mismos. Toda acción tiene consecuencias y esas consecuencias afectan a todo nuestro mundo.
Cada uno de nuestros actos, además de sus motivaciones, tiene influencia en las personas que nos rodean; primero, en aquellas que nos incluyen en su presencia e interés por amor, y también en aquellas que ocupan su mente e imaginación en el deseo de que nos vaya mal, sin considerar que sus deseos se cumplen en sus propias vidas.
Compartir la vida es dejar a los demás entrar y quedarse a disfrutar de nuestas alegrías, permitirles consolarnos en nuestro dolor y festejar nuestros logros. También es aceptar que no siempre van a estar de acuerdo con nuestras decisiones y que, a veces, sus consejos superarán nuestra capacidad de discernimiento.
Compartir no es sólo dar, es darse; la vida humana, con todas sus riquezas y oscuridades se hizo para ser compartida. Al menos en eso creo yo, por eso soy músico, por eso soy maestro de música.

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